Lo que queda en las manos

Xavier Pardell Peña
Ganador del XI Premio literario «Escribir sobre el Paisaje»


 Mi padre me enseñó Segovia por partes, como quien reparte un pan que no alcanza. Primero fue la piedra del Acueducto, un domingo de mis nueve años, cuando yo todavía confundía la ceguera con la oscuridad y no sabía que serían la misma cosa el resto de mi vida. Me llevó de la mano hasta uno de los pilares —el séptimo, dijo, aunque nunca supe si contaba bien— y me obligó a apoyar la palma entera. “Toca esto y dime si está frío o si está viejo.” Dije frío. Se rió, un poco áspero, como se reía cuando algo le dolía y no quería que se notara. “Viejo también es frío, hija. Pero no todo lo frío es viejo.” 

No sé cuántos domingos hicieron falta para que yo entendiera la diferencia. Muchos. La piedra del Acueducto tiene una rugosidad cansada, como de nudillo que ha trabajado demasiado; la piedra de una fachada nueva, en cambio, es fría con esa lisura ofendida de lo que todavía no ha aprendido a envejecer. Mi padre no me explicaba estas cosas con palabras bonitas. Me ponía la mano encima y esperaba. A veces esperaba tanto que se me dormían los dedos y él seguía callado, mirando —imagino ahora, porque entonces no lo sabía— hacia algún punto del cielo que yo nunca tendría. 

Los sábados de agosto íbamos a las Hoces del Duratón. Allí el paisaje cambiaba de idioma. No era piedra trabajada por manos, sino piedra trabajada por siglos de agua terca, y eso se notaba en cómo sonaba el aire: un eco distinto, más hondo, como si el cañón entero respirara antes que uno. Mi padre me sentaba en una roca plana —siempre buscaba la misma, decía que la reconocía por una grieta en forma de rayo— y me dejaba sola un rato, cerca, pero sin hablar, mientras yo aprendía a distinguir el vuelo de los buitres leonados del vuelo de cualquier otro pájaro. No por el sonido de las alas, que apenas se oye, sino por el silencio que dejan alrededor: los buitres vacían el aire cuando pasan, como si su sombra pesara más que su cuerpo. 

Le pregunté una vez de qué color era todo aquello. Tardó en responder, cosa rara en él. “Del color de la sed”, dijo al final, y no volvió a explicarlo nunca, ni yo volví a preguntarlo, porque algo en su voz me indicó que la respuesta correcta no cabía en más palabras. 

Mi padre murió en marzo, un mes que en Segovia todavía muerde. Volví sola a las Hoces en junio, cuando ya pude. Fui hasta la roca de la grieta en forma de rayo —la encontré a tientas, con el bastón, tardé más de lo que hubiera querido admitir— y me senté donde él me sentaba. El aire olía distinto de como yo lo recordaba, o quizá era yo la que olía distinto ese día. El tomillo estaba más recio, más quemado por el sol de ese año particular; debajo, un fondo mineral, casi metálico, que solo aparece cuando el calor lleva semanas apretando la tierra sin soltarla. 

Esperé el vuelo de los buitres. No llegó ninguno, o llegó y yo no supe leerlo, cosa que también es posible: mi padre tenía un oído para el silencio que a mí todavía me falta, y ahora ya no hay quien me lo enseñe. Me quedé quieta de todos modos. Pasé la mano por la roca, buscando la grieta, y la encontré más honda de lo que la recordaba, o puede que solo fueran mis dedos, que también han cambiado en estos años, que ya no tocan con la misma inocencia con que tocaban a los nueve. 

Pensé en decirle algo. No lo hice. Mi padre nunca fue de los que hablan a los muertos ni a las piedras, y yo, sin querer, he heredado ese pudor suyo, esa manera seca de estar en el mundo. En cambio, hice lo único que sabía hacer con él: apoyé la palma entera contra la roca, como aquel domingo del Acueducto, y esperé a que el cuerpo me dijera si aquello estaba frío o si estaba viejo. 

Estaba las dos cosas. Frío por dentro, donde el sol de junio todavía no había llegado a calentar la piedra profunda; viejo por fuera, en esa superficie que el agua llevaba tallando desde antes de que existiera ningún padre ni ninguna hija para sentarse encima. Entonces entendí —y esto no lo digo con la certeza de quien resuelve algo, sino con la torpeza de quien apenas empieza a sospecharlo— que el paisaje no se hereda entero. Se hereda a trozos, como el pan aquel, y cada trozo que a uno le toca viene con la forma de la mano que lo repartió. 

No sé si esto es Segovia. Sé que es lo que Segovia dejó en mí, que no es exactamente lo mismo, aunque a veces —cuando el tomillo pega fuerte y el silencio se abre como se abría alrededor de un buitre en vuelo— se le parece muchísimo.