Reclamación por exceso de horizonte

Patricia Aliaga Rodrigo
Segundo premio del XI Premio literario «Escribir sobre el Paisaje«


Tengo noventa y tres años y una queja.

El paisaje de Segovia se me mete en casa sin llamar.

Ya sé que esto no se dice. Del paisaje hay que hablar con respeto, como de los médicos y de losnotarios, aunque una salga de allí sin entender nada. Hay que decir que es hermoso, soberbio,luminoso. Palabras de gente que lleva bufanda incluso en mayo. Yo no. Yo digo que es un metomentodo.

Por la mañana entra por la rendija de la persiana y me deja una raya de sol encima de la mesa.Justo donde pongo las migas del desayuno. Se conoce que le gusta el pan. A mí también, no vamos a discutir por eso.

Luego se queda mirando.

El paisaje de Segovia mira muchísimo. Tiene ese cielo enorme, sin cortinas, que no sabe guardarun secreto. Una barre en zapatillas, se rasca una pantorrilla, habla sola con la cafetera, y ahí está él,enterándose de todo desde las ventanas. Después lo va contando por los tejados, por las eras, por loscaminos. Aquí no hace falta periódico: con una nube bien colocada se sabe hasta quién ha hecho croquetas.

Mi hija, la de Madrid, dice que exagero.

—Mamá, el paisaje no entra en las casas.

Claro. Como ella vive en un sexto con ascensor cree que las cosas piden cita previa.

Aquí entra todo. El frío entra. El olor a tierra entra. Entran las campanas, aunque no las invites.Entra una ráfaga y te cambia de sitio las facturas. Y entra ese color de los campos cuando el veranolos deja como una sábana tendida al sol, áspera y limpia. Luego me lo encuentro en el mantel, en lacesta de costura, hasta en la tortilla. No me pregunten cómo. A cierta edad una ya no investiga: aparta el pelo, sopla y sigue comiendo.

A veces también se cuela la sierra.

No entera, naturalmente. No cabría por el pasillo. Mete un trozo de sombra, una esquina de nieve,un aire con modales de persona importante. Se planta en la habitación y hace que todo parezca máspequeño: la cómoda, la televisión, mis enfados. Eso último se lo agradezco, aunque no se lo digo para que no se crezca.

El Acueducto es peor. Ese no entra: se queda fuera, haciendo de ejemplo.

Dos mil años de pie, piedra encima de piedra, sin una mala queja de lumbago. Una pasa por debajocon el carrito de la compra, las rodillas sonando como cubiertos en un cajón, y no sabe si admirarloo denunciarlo por chulería. Yo, por si acaso, le saco la lengua cuando nadie mira.

Bueno, cuando nadie de mi edad mira. Los jóvenes no cuentan: bastante tienen con no rompersela crisma, con esa obsesión suya de ir todo el día mirando el móvil.

Pero no crean que el paisaje son solo piedras antiguas, montes y esas cosas de los folletos. Esosería muy cómodo. El paisaje de verdad tiene manos.

Las de Julián, que corta el pan como si repartiera justicia. Las de Rosa, que sacude un mantel porla ventana y alimenta a media plaza sin proponérselo. Las del muchacho del autobús, que espera diezsegundos más cuando ve venir a una vieja corriendo. Digo corriendo por generosidad: a partir de los ochenta, cualquier desplazamiento con intención cuenta como deporte.

También tiene voces. La de quien te dice «abrígate» aunque sea agosto. La de quien pregunta«¿qué tal estás?» y no se marcha hasta que se lo cuentas. La de las mujeres que hablan en la puerta con los brazos cruzados, como si sostuvieran el pueblo para que no se desparrame cuesta abajo.

Eso también es paisaje, aunque no lo pinten. El pintor pone un camino, un árbol, una tapia. Pero ala tapia le falta la señora que se apoya en ella para criticar las obras del Ayuntamiento. Y al camino, el hombre que vuelve con tomates y se detiene tres veces porque aquí saludar es una forma lenta de llegar a casa.

He pensado mucho en esto desde que me jubilé de casi todo. Digo «casi» porque todavía pelopatatas, doy consejos que nadie me pide y vigilo el tiempo. Son empleos sin sueldo, pero con mucha responsabilidad.

He llegado a la conclusión de que Segovia no tiene paisaje. Segovia lo practica.

Lo practica la piedra, que aguanta. Lo practica la llanura, que no necesita levantar la voz para serinmensa. Lo practica el invierno, que viene con la sinceridad de un pariente antipático. Lo practica la gente, que sabe hacer sitio en la mesa aunque diga que no ha preparado nada y aparezcan sopa, pan, queso, rosquillas y una fuente que podría alimentar a un regimiento.

Por eso me enfado cuando mi hija dice que venda la casa.

—Te vendría bien algo más pequeño —me explica—. Más cómodo.

Yo le digo que sí, para que se tranquilice. A los hijos hay que darles la razón de vez en cuando; bastante disgusto tienen con que una siga pensando por su cuenta.

Pero ¿cómo voy a venderla?

Tendría que incluir en la escritura la raya de sol de las nueve, el olor a leña de algunas tardes, el pedazo de sierra que me visita en invierno y la sombra que se sienta conmigo cuando baja el día.Tendría que tasar el ruido de una escoba en la acera, el saludo del panadero, la vecina que entra diciendo «no me entretengo» y se queda hora y media.

Y eso no hay notario que lo mida. Ni comprador que lo pague.

Así que aquí sigo, con mi queja.

Cada noche cierro ventanas, corro cortinas y echo el pestillo. Después voy a la cocina y encuentro,encima de la mesa, una última luz color miel que nadie ha dejado allí. El paisaje otra vez.

Le digo:—Mira que eres pesado.

Y él no contesta. Se queda quieto, como si no hubiera hecho nada.

Entonces parto una rebanada de pan, pongo dos platos y le dejo sitio.

Porque una cosa es que entre sin llamar.

Y otra, muy distinta, que se vaya.